« ¿ Qué queréis añadir más, exactamente, al discurso eclesial ya muy claro y suficiente sobre la homosexualidad ? ¿ Cuál es vuestro problema ? »

La planque de la Sainte Famille

El escondite de la Santa Familia


 

Desde la apertura de la segunda parte del Sínodo sobre la Familia (del 5 al 25 de octubre del 2015), un montón de católicos vienen hacia mí en privado para pedirme, más o menos amablemente : « ¿ Cuál es el cambio que queréis exactamente ? La Revolución que esperáis no va a suceder. ¡ En cambio, adaptaos ! . » Digo « más o menos amablemente », porque, a menudo, nosotros, las personas homosexuales creyentes, parecemos metomentodos jamás satisfechos, que desencadenan caprichos egocéntricos (« narcisistas »), sin mirar que ya tenemos la solución que reclamamos a gritos en nuestro propio plato : es que no aceptaríamos humildemente la radicalidad de la soledad de la Cruz universal que nos propone la Iglesia y que desearíamos que Ella la viviera en lugar nuestro.
 

En cuanto a mis aspiraciones, voy a contestaros al final del artículo. Y para entenderlas, ya hay que ser capaz de reconocer el carácter incompleto y las deficiencias de la palabra eclesial actual sobre el tema de la homosexualidad, y no sólo atenerse al discurso (por supuesto verdadero desde un punto de vita eterno, desde un punto de vista espiritual, pero incompleto desde un punto de vista temporal, incompleto en términos de Caridad) « ¡ Ya todo está en la Biblia ! ¡ Todo está en la vida de Cristo ! ¡ Todo está claramente en el Catecismo ! ¿ Qué más se puede pedir ?? »
 

Al parecer, el Catecismo ya lo habría dicho todo acerca de la homosexualidad. Estamos de acuerdo. La forma concreta de la castidad pedida a las personas duraderamente homosexuales es a priori la misma que la que se requiere de las personas consagradas en el sacerdocio, de los célibes, de la gente separada o de los divorciados que se han vuelto a casar, de los viudos, de los niños, en fin, de todos los que no son casados en la diferencia de sexos. Simplemente, es falso hacernos creer que gracias al uso del término « castidad », que se refiere a una virtud universal, la gente fuera del matrimonio podría vivir las formas de de la castidad de la pareja casada (genitalidad, sentimentalidad, procreación), ni tampoco la castidad oficialmente consagrada de los sacerdotes (dado que las personas duraderamente homosexuales no tienen acceso al sacerdocio, al sacramento del orden). Entonces nosotras, las personas homosexuales, nos encontramos frente a un gran vacío vocacional, una gran falta de propuestas porque nuestra minusvalía impide la mayoría de nosotros alcanzar los dos únicos caminos de vida saciantes indicados por la Iglesia. Todavía no sabemos a dónde ir concretamente para ser felices y fieles en la Iglesia. También se nos engaña a propósito de la Cruz cuando se nos dice que, si somos personas duraderamente homosexuales, podríamos seguir la Iglesia al mismo tiempo que estar en « pareja » (« casta ») o que soñar con formarla con una persona del mismo sexo, al mismo tiempo que vivir un celibato sin otro marco eclesial que « la fraternidad, la amistad y la castidad ». La forma concreta de la santidad, de la felicidad completa y de la castidad para los homosexuales duraderas lleva un nombre : el celibato continente (desde el punto de vista personal), la hermandad santa (desde el punto de vista mundial). No porque hago hincapié en ello, transformaría mi observación en un particularismo cerrado.
 

Por otra parte, hay una verdadera falta de palabra eclesial sobre la homosexualidad, con respecto a esta forma de celibato particular. Miráis el Catecismo de la Iglesia Católica … y sólo se hace alusión a la castidad », como en Courage (la referencia a la continencia aparece más adelante, en el capítulo de las situaciones fuera del matrimonio… pero no en el capítulo de la homosexualidad, aunque, por supuesto, ya debería ser inducida). Pero concretamente, literalmente, verbalmente y en el corazón de la gente (incluyendo a la gente de Iglesia), la castidad de las personas duraderamente homosexuales se queda sin forma, está sujeta al implícito o relegado a la amistad (término muy ambiguo para nuestros tiempos) desinteresada y a la Cruz de Cristo. Es un poco seco. De momento, todavía es un camino vocacional muy borroso que traza la Iglesia, un camino cuyas modalidades (el celibato para las personas duraderamente homosexuales ; el matrimonio hombre-mujer para las personas cuya homosexualidad es poco profunda) no son ni descritas con precisión (nadie en la Iglesia se atreve aún a hablar de celibato, de continencia) ni alegres (no se habla del don de toda su persona y de su homosexualidad a los demás, a la Iglesia), ni santas (por ahora, los discursos están dirigidos hacia la restauración identitaria, el control y la extinción de la tendencia – « No sólo eres eso » ; no su reciclaje y su ofrenda) ni vocacionales (ninguna consagración a la mira, ningún gran proyecto propuesto : sólo un « conformarse » con discreción). Entonces, hay una Buena Nueva que anunciar, a pesar de que Benedicto XVI ya haya descrito y orientado las cosas al 80%. El todo está en hacerlo bien, y que la audacia sea evangélica. No mundana. Por último, hay una verdadera herida mundial real que todavía hay que abordar con el análisis y la denuncia de la heterosexualidad. Porque la mayor parte de la sensación de injusticia y frustración experimentada por las personas homosexuales creyentes o no estriba en el silencio cómplice de la Iglesia que no denuncia la violencia de la heterosexualidad.
 

De hecho, si sólo dependiera de mí, 1) creo, en efecto, que, en general, la Iglesia no va y no debe en aparienciacambiar mucho a lo que ya ha dicho muy bien acerca de la homosexualidad en el Catecismo , y por lo tanto Ella no debe enredarnos con grandes promesas ; 2) sin embargo Su discurso carece de 3-4 palabras nuevas y valientes : una palabra amarga sobre el « amor homosexual » (decir que no es amor, y explicar por qué ; explicar la violencia y la insatisfacción de esas « amistades amorosas » confusas), una palabra exigente sobre el marco concreto de la castidad pedida a las personas duraderamente homosexuales (atreverse a hablar del celibato, de la continencia, ¡ mostrar con claridad el color y el material de la Cruz !), y sobre todo una palabra de propuesta positiva (atreverse a hablar de la Alegría en la continencia – ¡ que es mucho más que una mera abstinencia ! –, atreverse a hablar de la vocación a la santidad específica de la condición homosexual, atreverse a hablar francamente de una consagración y de una fundación de una fraternidad eclesial específica, atreverse a hablar de evangelización en el marco de la homosexualidad, atreverse a hablar de don entero de su homosexualidad al mundo, en resumen, ¡ atreverse a proponer algo en GRANDE, FELIZ SANTO !).
 

Creo que si sólo dependiese del Papa Francisco, de su personalidad profunda y de su fogosidad profética, en un principio, hubiera sido el primero en aunar al mensaje prudente y sabio de Benedicto XVI este valor añadido de la ofrenda mundial de la homosexualidad, de la Alegría acogedora que abarca a toda la persona homosexual y anima a toda la plenitud de su persona, este impulso un poco loco pero confiado de la propuesta GRANDE y FELIZ de la santidad en el marco de la homosexualidad no-practicada. Hubiera estado a punto de dar el paso. Pero el tema de la homosexualidad es tan mal entendido en la Iglesia (en general, la miran con desconfianza, o como un no-tema), la gente de Iglesia está tan lejos de entender el poder de denuncia de la heterosexualidad (¡ sin renunciar a explicarla en detalle !), los clérigos están tan aterrorizados por salir de los caminos trillados y por mantener un discurso que podría ser demasiado complaciente o mal entendido o juzgado « demasiado positivo para ser honesto e inspirado », que la sobriedad parece imponerse. Desgraciadamente. Francisco prefiere comprarse una confianza y una legitimidad papal con poco gasto, escondiéndose detrás de un discurso familiarista ciertamente hermoso pero congelado y austero, que no da en el clavo ni de lejos.
 

Bulle papale : "... Je fais la gueule pour rassurer..."

Bula/Burbuja papal : « … Estoy de morros para tranquilizar… »


 

Respecto a la homosexualidad, el entusiasmo de Francisco fue enfriado y apagado desde el principio del Sínodo. ¡ Le habrán tirado severamente de las orejas un poco antes ! De momento, ha planeado de no anunciar nada realmente nuevo sobre el tema. Ninguna adopción de riesgos y no-ortodoxa. No se levanta la trompeta. No se formulan promesas. No se exhibe un entusiasmo paterno y fraterno demasiado sospechoso. Para evitar los toques de luminosidad y las falsas esperanzas. A priori, eso asegura a todos, favorece la « Unidad », reafirma una base y una fidelidad doctrinal tranquilizadora. Pero el corazón, la alegría de la Buena Nueva, la locura de la confianza, la fuerza que entregan la exigencia y la realidad, la gran propuesta, ya no están. Falta de audacia, silencio y el repliegue, ninguna tarjeta de invitación personalizada para saber dónde está el sitio concreto de las personas homosexuales en el banquete de la Iglesia, miedo a la homosexualidad y a dirigirse a las personas homosexuales con otro discurso escolar que « No eres sólo eso », « La Iglesia te ama y no te juzga. », « Estás llamado a la castidad y la caridad. » (Comprender : « Volved dentro de cinco años. Nos ponemos en contacto con vosotros. Parad de reclamar, y obedeced al amor universal de la Iglesia por vosotros. En claro, ¡ silencio ! »). Se podría pensar que tal statu quo no es grave, que la Iglesia ya ha sobrevivido con estos no-dichos desde hace años sin que eso planteara demasiados problemas. Pero es olvidar que el mundo tiene sed y está estallando ahora mismo de manera anormalmente violenta a causa de la homosexualidad y de la heterosexualidad. Y que no Se lo perdonará.
 
 
 

La traducción francesa (texto original) se encuentra en este enlace. Ver también dos otros artículos sobre el mismo tema : Charamsa 1 y Charamsa 2. Y, por supuesto, mi libro La homosexualidad en Verdad en acceso libre.