¿ Sabéis cuál es la diferencia fundamental y muy sencilla que hay entre un fariseo y un católico auténtico ? Es que para el fariseo (que ha construido un culto hermético a la pureza, a la perseverancia a la manera de san Pablo, sobre la base de una interpretación literal de una sola frase bíblica : « El que persevere hasta el fin, éste será salvo. » Mateo 24,13), el verdadero santo no cae o vuelve a caer MÁS después de haber pecado gravemente, mientras que para el católico bueno, un verdadero santo AÚN comete pecados graves HASTA SU MUERTE y es santificado/redimido in extremis sólo por gracia de Jesús. El fariseo ha hecho de la santidad una exclusividad (inalcanzable), un rendimiento, un trofeo, una propiedad, una promoción por mérito, una perfección desencarnada y pura (… pero pura de la pureza mundana, humana). De ahí su « ¡ Sálvate a ti mismo ! » dirigido a Jesús cayéndose en el viacrucis (Marcos 15, 30). Y considera esta defensa de la libertad pecaminosa final de los santos (en resumen, esta defensa de la Misericordia infinita de Cristo) como una excusa de mal pagador, una mala fe, una renuncia al perfeccionismo, una incitación relativista a pecar, un rechazo de la perfección de Cristo y de la santidad… cuando es lo contrario. ¡ Bienaventurados, entonces, todos los que caemos ! ¡No por caer, sino porque la santidad de Dios nos es ofrecida gratuitamente a pesar de nuestras caídas, y que eso nos anima a jamás renunciar a levantarnos de nuevo para seguirLe !
 

 

Cuán inspirado fue san José-María Escrivá al escribir que « un santo es un pecador que sigue intentando ». Abrió la santidad a todos, incluyendo especialmente a aquellos que, dadas su vida y sus acciones, no se la merecían ; por lo tanto, a todos nosotros. La fiesta presente de Todos Santos (no la de un pasado idealizado e irreal) es el antifariseísmo por excelencia. Todos Santos es insolente.

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